Opinión

Superemos el confinamiento y busquemos nuevas formas de interrelación

En la década del 40 del siglo pasado, el Instituto Tecnológico de Massachusetts construyó el Edificio 20, que estaba destinado a albergar las actividades de un grupo de científicos enfocados en la investigación del uso de microondas para utilizar radares con fines bélicos, en la denominada Radiación. Laboratorio o Laboratorio Rojo. Este proyecto era secreto y por su ubicación se determinó construir unas instalaciones específicas. Tim Hartford, en su espléndido libro «The Power of Clutter», se refiere al edificio, que fue construido en un tiempo récord, en un área de 60.000 metros cuadrados, como una «estructura fea, achaparrada y en expansión». Asimismo, era una instalación calurosa en verano y fría en invierno, además de confusa por su configuración laberíntica. Originalmente se planeó que el edificio sirviera hasta el final de la guerra y sería demolido seis meses después. Su derribo se produjo más de 50 años después.

Lo que pasó en esos más de 50 años es una historia extraordinaria. Durante sus dos primeros años, el edificio operó el laboratorio para el que fue creado, y por él pasó una quinta parte de todos los físicos de Estados Unidos. En el Red Lab trabajaron 9 científicos que fueron ganadores del Premio Nobel. El edificio sobrevivió a la guerra, pues una disposición estableció un subsidio para que los veteranos de guerra pudieran asistir a la universidad, lo que generó un aumento en la matrícula del MIT, por lo que el Edificio 20 se conservó y reutilizó, para albergar a académicos y científicos de diversas disciplinas.

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Hartford refiere que en las instalaciones del Edificio 20 se creó el primer reloj atómico universal; se construyeron los primeros aceleradores de partículas; se tomaron las primeras fotografías stop motion; se crearon los videojuegos; Noam Chomsky desarrolló sus ideas sobre lingüística; e incluso se crearon empresas de tecnología, como Bose, empresa reconocida en la producción de parlantes y audífonos, por mencionar algunos ejemplos.

El edificio 20 albergaba la diversidad, en un ambiente de desorden. Y sin embargo, permitió la generación de nuevas ideas, gracias al encuentro fortuito de personas destacadas en su campo profesional, quienes desarrollaron fructíferas relaciones personales y laborales. La creatividad encontró un campo fértil y se desarrollaron sinergias y externalidades positivas.

¿De que se trata esta historia? La pandemia del Covid-19 transformó nuestra forma de trabajar, estudiar y relacionarnos. Gracias a la vacunación hemos logrado reintegrarnos poco a poco a nuestras actividades tradicionales. Sin embargo, existe una inercia que impide la interacción trabajo y escuela como era antes del 2020.

Conozco experiencias en las que los profesores asisten a la universidad estrictamente para dictar su clase, y se van a continuar con su labor académica en casa. Esto es desafortunado para una comunidad académica, que prospera con la discusión, el intercambio y las charlas de café. De continuar esta situación, las consecuencias serán desastrosas para la academia y para la formación de nuevos profesionales. Una situación similar podría darse en el ámbito de las empresas, que necesitan nutrirse de la experiencia con los consumidores y del intercambio de ideas entre empleados.

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Está claro que el mundo no será el mismo. La adversidad nos ha obligado a adaptarnos y nos ha permitido encontrar nuevas formas de consumir y llevar a cabo nuestras clases o reuniones de trabajo. Sin embargo, tenemos que pasar del mundo del trabajo en casa y las reuniones virtuales, a una nueva realidad que equilibre la protección de la salud pero permita y estimule las relaciones interpersonales. En este sentido, la experiencia del Edificio 20 nos muestra que los procesos de creación pasan por el contacto físico y la interacción casual.

*Socio Director de Ockham Economic Consulting, especializado en competencia y regulación económica y profesor universitario.

@javiernunezmel