Opinión

Hacer política

En la larga trayectoria de teóricos y referentes del sistema político mexicano, existen pensamientos que, a pesar de su antigüedad, aún se actualizan conceptualmente para aplicarlos a una realidad que parece cíclica. Así, cuando Daniel Cosío Villegas escribió en su marco de político liberal, formuló una crítica a veces velada ya veces directa a lo que él llamaría el «estilo personal de gobernar». De este pensamiento crítico, la etapa en la que, de manera pura, ponderó la crítica hacia el identificado autoritarismo echeverrista que poco o nada le daba en prebendas y terrenos, lo hizo con varios intelectuales orgánicos como Mario Moya Palencia, Jesús Reyes Heroles o el propio Porfirio Muñoz Ledo. Y es precisamente de este cúmulo de reflexiones que empezamos a comprender que, como decía el mismo Cosío, aún en el escenario más cruento de la guerra, siempre debe mantenerse un sólido frente de diálogo entre las partes en conflicto; el arte de la negociación donde se abolió la prepotencia de los empoderados, resulta un campo fecundo para fines comunes, es decir, en el sentido más puro, hacer política.

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Y probablemente los apuros que atraviesa la presidencia de la república en algunos temas que, según cálculos optimistas, habrían tenido otro destino, tienen que ver con la falta de esos escenarios reales de negociación tan finos que en la vieja guardia se hacían como preámbulo y constante de toda tarea del propio poder. La reforma eléctrica es un perfecto ejemplo de este escenario

Concebida desde el dogma del nacionalismo recalcitrante, marcó un camino de desprecio por la razón y la posición ajena. El absoluto de «mi razón» como única razón válida desoyó argumentos científicos, económicos e incluso políticos sobre su pertinencia; tildaba de retrasados ​​y traidores a cualquiera que se pronunciara en contra. Se vició en discusiones estériles que borraron las reflexiones de fondo tan necesarias.

Pero ahora, a efectos de su ansiada aprobación, la fracción legislativa identificada con esta tarea sólo tiene caminos embarrados para lograrlo. Si consideramos que la Cámara de Diputados está integrada por 500 legisladores, se necesitan 334 votos para lograr una mayoría calificada. A Morena le faltan 57 votos nunca cultivados en el más delicado arte de negociar. Ahora sólo resta la posible imposición de una reforma constitucional por cooptación o el muy sucio recurso de impedir que un número importante de legisladores opositores se presenten a la sesión donde votarían en el Pleno, con el fin de reducir la cantidad necesaria para alcanzar los votos que legalmente acrediten la mayoría deseada.

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Si prevalece la consistencia, parece imposible que la reforma sea aprobada en estas condiciones. Aunque esto sucediera en la cámara, en el Senado no habría forma de lograr la modificación. Es ahora cuando la humildad y la apertura habrían rendido más; hacer política era la clave.

Twitter: @gdeloya