Opinión

Destruyendo ciudadanía

El populismo destruye la ciudadanía. No importa si es un populismo de derecha, como el de Trump o Bolsonaro, o de una supuesta izquierda, como el de Maduro o López, el resultado es el mismo: destruye ciudadanía, reduce derechos y seduce con la idea. que la gente no tiene obligaciones. La gente se convierte en la «gente», un concepto esquivo; Les hacen creer que son parte de una masa uniforme (una falsedad) y que todos deben unirse en torno a un líder y una propuesta de país. Lo que es peor, los diferentes son señalados y perseguidos.

El concepto de ciudadanía está ligado a la legalidad. Formar ciudadanía significa enseñar a respetar la legalidad, a tener derechos, pero también con obligaciones. Esta ecuación no se cumple cuando las personas comprenden que tienen derechos, pero no aceptan sus obligaciones. Tampoco se cumple cuando el Estado no reconoce los derechos ciudadanos o simplemente no los hace cumplir.

Hacer ciudadanía no es cosa fácil. Por supuesto, entender la ciudadanía como el hecho de llegar a los 18 años es una sencillez y un malentendido. Cuando hablo de ciudadanía me refiero a otra cosa. Como dice la historiadora María de los Ángeles Samper, un ciudadano es: “aquel que ejerce sus derechos y asume sus responsabilidades de manera equilibrada. La participación ciudadana en el gobierno es considerada la piedra angular de la democracia (…) Ser ciudadanos activos consiste en tener el derecho, los medios, el espacio y la oportunidad, incluido el apoyo, de participar e influir en las decisiones y colaborar en las actividades, con el fin de contribuir a la construcción de una sociedad mejor para todos. «

Uno de los deberes de un gobierno institucional y responsable es ayudar a crear ciudadanía. Esto se puede lograr a través del sistema educativo, pero también a través del cumplimiento del estado de derecho. ¿Por qué ser un buen ciudadano si el sistema educativo no está construido para inculcarnos nuestros deberes y derechos y no se cumplen las leyes? En realidad, no hay muchas ventajas, no hay ventajas en ser ciudadano.

Lo curioso es que la clase política en general no está ayudando a crear ciudadanía y esto ha demostrado ser un error. La mejor defensa contra las acciones de un autoritario son los ciudadanos. Los partidos que no han contribuido a crear ciudadanía están pagando su error porque ahora no hay nadie que les ayude a frenar la destrucción de las instituciones. Hablando de las instituciones, cabe señalar que pueden estar funcionando bien, pero la realidad es que tampoco han creado ciudadanía. Sí, es cierto que el INE aboga por la creación de lo que llama una cultura democrática, pero esto solo se ha convertido en una acción presupuestaria e ineficaz.

Nos equivocamos al creer que la democracia solo se trata de hacer leyes e instituciones. No fue suficiente visualmente. La democracia debe permanecer en manos de los ciudadanos, las instituciones y las leyes. Si solo un puñado de personas y algunos sectores sociales lo hacen suyo, entonces no hay forma de defenderlo del ataque de populistas, oportunistas y demagogos.

El único partido que tradicionalmente creó la ciudadanía fue el PAN, pero hace mucho que no lo hace. Hoy, los ciudadanos en México parecen decirle a la clase política: no nos consultes, resuelve los problemas. Prefieren ser «personas» porque significa convertirse en receptores de apoyo sin ninguna obligación; significa que alguien los excusará por sus errores y omisiones. De las cosas más simples a las más complejas.

Curiosamente, los marxistas clásicos no creían en «el pueblo». Sabían que las sociedades son complejas, compuestas por sectores y clases con intereses diferentes y, a veces, contrapuestos. Una nación tan grande como México está formada por varios sectores, es decir, por muchos pueblos.

En los últimos años del siglo pasado y el primero de este, hubo grandes esfuerzos para implantar la democracia, crear instituciones y construir ciudadanía. Desde distintos puntos de la política, caminaron para sacudirse el paternalismo tradicional priista, aquel que dejaba todas las decisiones al Estado de un solo partido y reducía la ciudadanía a la única celebración de fechas cívicas.

El resultado fue un diseño espléndido pero frágil. En este gobierno, cada pieza que se había levantado ha sido desmantelada para volver a un modo de mando unipersonal, para concentrar todo el poder. Son muchos los que se consuelan con la idea de que el presidente López se irá en menos de tres años o que dicen que la sociedad ya no es la misma que hace 50 años.

Quizás tengan razón, pero les dejo dos preguntas: ¿irá con él la herencia de la demagogia y la concentración de poder? ¿Y a las grandes mayorías sociales les importa vivir en una democracia, en una democracia de ciudadanía responsable?

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