Opinión

“Justicia” injustamente selectiva

Han pasado siete años desde que México quedó ensombrecido por el caso Ayotzinapa. No hubo justicia con ese gobierno ni habrá justicia con este. Es un caso emblemático y doloroso porque nos recuerda todo lo que está mal y lo que no funciona, lo que ha estado mal y se ha agravado. Lo escribí hace unos años en El País y hoy, lamentablemente, está más vigente que nunca: en México la justicia es selectiva.

Lo dije entonces y lo subrayo ahora, llevamos muchos años atrapados en la misma trampa. Ayotzinapa ha sido un reflejo de lo hundidos que estamos. El dolor que produjo este crimen sirvió para recordar lo lejos que estábamos y que estamos de la verdad, la libertad, la justicia y la paz. Algunos insisten en que este caso es uno de muchos. No comparto esa opinión. Ayotzinapa es y será relevante porque mostró al mundo lo que no queremos ver y mucho menos aceptar: el tamaño y la complejidad de la trampa en la que estamos atrapados durante muchos años, en México la «justicia» es injustamente selectiva.

México es un país con muchas leyes y poco Estado de derecho. El problema no es solo que la ley no se aplica a todos por igual, sino la forma en que la entendemos como gobernantes y gobernados. Sabemos cuánto admiran a Benito Juárez que hoy gobierna mal México. Por eso, quizás la frase que más aplican sin cantarla como otros es: «A mis amigos, justicia y gracia, a mis enemigos, ley pura».

Esta distorsión de Juárez es más actual que nunca. En México, la «justicia» es injustamente selectiva. La ley no protege ni garantiza el respeto de los derechos inalienables e inherentes de todo mexicano, comenzando por el derecho a la vida y la libertad. La ley solo refleja el poder de quienes gobiernan. Difícilmente habrá paz en un país donde se elige a quién premiar y a quién castigar en función de criterios personales, o peor aún, en base a los caprichos, fobias y deseos de venganza de quienes detentan el poder.

Son muchos los ejemplos que ilustran esta triste realidad. Hoy, los criminales son amigos del poder y los científicos, periodistas, intelectuales y académicos, sus peores enemigos. Los ataques a la comunidad científica y académica revelan un desprecio por el conocimiento y por todo lo que representa progreso, crecimiento, desarrollo e innovación.

Atreverse a acusar a los científicos de crimen organizado es caer en un extremo que solo revela el odio al pensamiento libre, la investigación, todo lo que pueda cuestionar o contradecir el dogma de los poderosos y todo aquel que exhiba sus mentiras o simplemente no se doblegue ante su » autoridad.» Es la política de amenaza e intimidación contra ciudadanos y opositores mientras se perdona a los delincuentes y se les deja en libertad para seguir haciendo lo suyo.

Duele mucho reconocer que no solo no estamos avanzando en la dirección correcta, sino que estamos retrocediendo ya que, cada día, la «justicia» se vuelve más injustamente selectiva. ¿Dónde vamos a parar? Dependerá de lo cerca que estemos. Hoy será el turno de los científicos, mañana será el turno de cualquier otro grupo de mexicanos que se atreva a pensar y luchar por sus derechos.

* El autor es el Presidente Fundador del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora AC (IPEA). Primer Think Tank de jóvenes mexicanos y Un millón de jóvenes para México.

Gorjeo: @armando_regil



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