Opinión

Tatuar el humo

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La apreciación de bondades y el señalamiento de perjuicios sobre las benditas-malditas redes sociales, ha llegado a un punto en donde se considera que hay necesidad de la intervención del estado en su función legislativa, a efecto de acotar su presencia y conducción en nuestro país.

Un estado con vocación democrática, tiene como una premisa de actuación, el garantizar las libertades existentes y, en el marco de la responsabilidad, permitir la ampliación de las mismas dentro del régimen constitucional. Es así, que todo canal que permita la libre expresión es bienvenido siempre y cuando no se traspase la frontera del derecho ajeno o se aleje erróneamente de la frontera que como límite natural contiene y delimita a cualquier libertad ejercida.

En esta lógica, las redes sociales en nuestro país, han permitido develar información y acotar el abuso del poder público mediante la denuncia viralizada. Son muchos los beneficios sumados que socialmente podríamos encontrar en dichas herramientas de comunicación, como por igual, otras muchas son las lesiones al orden, a la honra y dignidad de las personas. Aunado a ello, recientemente se les señala como conductos por donde pasa la incitación al odio y a la polarización.

La apreciación de bondades y el señalamiento de perjuicios sobre las benditas–malditas redes sociales, ha llegado a un punto en donde se considera que hay necesidad de la intervención del estado en su función legislativa, a efecto de acotar su presencia y conducción en nuestro país.

Debemos reconocer que este esfuerzo regulatorio no es nuevo; recientemente la Unión Europea discute en tiempo presente a través de su parlamento, sobre la necesidad de limitar los contenidos que circulan en el ciber mundo social. Al mismo tiempo, en los Estados Unidos se presenta el caso del expresidente, donde la decisión de empresas privadas sobre la suspensión de las cuentas de Donald Trump, permitió lo que algunos consideraron el acto de censura mas sonado en los tiempos recientes.

Lo cierto es que pocos pueden ya alejarse de tomar una postura en esta argumentación de nuestros tiempos. Tendremos que ser cautos para entender hacia donde hay que encauzar lo que de las redes sociales resulte regulable, y ello tendrá que ver exclusivamente con lo que resulte benéfico en lo colectivo.

Contrario sensu; será inútil y sesgado legislar para acallar la crítica significada en voces que disienten del gobierno en turno. Es así que temas como la suplantación de personalidad, el fraude en diversas modalidades, la publicidad engañosa, la expresión de odio e incitación a la violencia, así como todo aquello que de suyo ya constituye una conducta delictiva, tendrán que encontrar un nuevo viraje para contribuir a la generación de espacios virtuales más sanos.

Al oportunismo político que podría considerar esta ocasión como propicia para acallar expresiones sobre ideas y creencias habrá que cerrarle el paso. Intentar silencios en un mundo interconectado es un imposible. Cual en el famoso poema del chiapaneco; sería una labor complicada tratar de silenciarnos, casi igual a tatuar el humo.

Twitter: @gdeloya